25 Ago

San Pedro de Atacama

Subimos un alto, un paso por encima de los 3.200 m. y comenzamos una larga bajada hacia el oasis de San Pedro de Atacama. El agua propicia el asentamiento de San Pedro, un lugar remoto, situado a los pies del volcán Licáncabur y de la cordillera de Domeyko, e histórico, como lo demuestran algunos de sus edificios.

San Pedro de Atacama

Apenas dos mil habitantes, la mayoría indígenas, varias calles en cuadrículas en donde se encuentran algunas agencias de turismo, bonitos bares, casas de huéspedes y unos pocos hoteles al abrigo del incipiente turismo. La mayoría de las casas son de adobe y blanqueadas a la cal, una coqueta iglesia colonial reluciente, una bonita plaza con algunos pequeños edificios con arcos, algunas terrazas a la sombra de grandes y centenarios eucaliptos…, transmiten sosiego en este oasis, perdido y alejado de todo hasta hace poco tiempo. Ahora es lugar de encuentro de mochileros y de vagabundos varios, la tradicional “tropa” que suele llegar a los lugares poco antes de que lo hagan los turistas. Existe también una colonia de aprendices de hippies, que vinieron hace unos años, atraídos por el misticismo del desierto y de la “pacha mama”. Todas las tardes se reúnen a cantar y a bailar en la plaza del pueblo, siempre acompañados de famélicos perros.

San Pedro de Atacama

Las casas de adobe, las calles polvorientas y sin pavimentar, los colores dulces y sobrios, le dan un sugestivo aspecto fronterizo que se acentúa con la caída del sol poniente. A esa hora caminar con el potente sol casi cegador por la calles de San Pedro nos acentúan aún más esa imagen de ciudad del desierto.

San Pedro de Atacama

Después con la llegada de la noche, las luces mortecinas de San Pedro parecen luciérnagas errantes sobre Atacama mientras millones de estrellas se desparraman por el cielo. Entonces, uno comprueba que está en el lugar adecuado, a la hora justa.
Desierto de Atacama (Chile), Octubre de 2012
Faustino Rodriguez Quintanilla. © Texto y fotos.

8 Ago

Lina y Pilar alcanzan el Broad Peak

Las alpinistas Lina Quesada y Pilar Agudo, alcanzaron el pasado 24 de julio, uno de los «ocho miles» del Karakorum, el BROAD PEAK, la cuarta montaña más alta de Pakistán (8.047 m), convirtiéndose además, en las primeras andaluzas en conseguir dicho reto.

Lina y Pilar hacen cumbre en el Broad Peak

Ambas alpinistas, de amplia experiencia, son también guías de ALVENTUS/AÑOSLUZ y han estado un año entero de intenso entrenamiento para enfrentarse a esta gran montaña, una expedición en la que ha colaborado VIAJES ALVENTUS.

Lina y Pilar hacen cumbre en el Broad Peak

En breve tendremos más información de primera mano de esta apasionante aventura.

¡Enhorabuena chicas por haber alcanzado vuestro sueño!

25 Jul

AMAZONAS AGUAS ARRIBA

De Leticia a Iquitos en el «Golfinho»

“Avísote, Rey y Señor, no proveas ni consientas que se haga alguna armada para este río tan mal afortunado, porque en fe de cristiano te juro, Rey y Señor, que si vinieren cien mil hombres, ninguno escape, porque no hay en el río otra cosa que desesperar”.
Lope de Aguirre, Carta a Felipe II, 1561

Amazonas aguas arriba

Es madrugada, el “Golfinho”-así se llama nuestro barco- navega aguas arriba del Amazonas. Todos está oscuro y siniestro, el río como siempre, voluptuoso e impredecible, se desliza como una culebra gigante sobre la selva densa y musculosa .Llueve torrencialmente un agua templada. El capitán alumbra con la linterna, no sé cómo puede ver o sí acaso ve algo, imagino que conocerá al río de memoria, pues aquí no hay balizas ni GPS. De cuando en cuando escucho cómo grandes troncos y ramas a la deriva golpean el casco de nuestro barco. Se me ocurre que en cualquier momento este cascarón se va a partir en dos o tres pedazos.

En el medio de la noche oscura el Golfinho se detiene, el piloto “juega” con las marchas del motor, parece que anda “desatascando” las hélices del follaje atrapado. Pasan las horas y por fin amanece, con las primeras luces me entra un suave relax y duermo feliz arrullado por el soniquete del agua. Nos pasan un desayuno: un bocadillo de una cosa parecida a la mortadela y un café con leche.

Amazonas aguas arriba

Selva y más selva. Nos detenemos en un puertecillo llamado “Caballo Cocha”; ajetreo de “peque peques” (pequeñas lanchas). Veo un barco grande de pasajeros que hace la ruta de Iquitos a Manaos, más de tres mil kilómetros de río. Se trata de una mugrienta nave llamada “El Gran Diego”. Pasamos un control militar y de aduana. Nos encontramos en un punto caliente de tráfico de cocaína y de muchas cosas más. El militar, un joven bajito pero con cara de mala leche, le pregunta a mi compañero de asiento, un joven colombiano que viaja hacia Iquitos; – ¿cuál es su profesión?, -soy comerciante señor. –A ver, enséñeme la mochila. El militar la registra, saca algunas pertenencias y una cuerda de varios metros. -¿Esto para qué es?, le espeta con voz alta. –Una cuerdita no más, señor. –Sí, ya veo que es una cuerda pero le he preguntado que para qué. – Nooo, buenooo , balbucea con voz quebrada mi compañero, – para poder hacer unas medidas y por si hace falta para algo, señor. – Désela al capitán y al final de la travesía que se la devuelva. El barco sigue. Tenemos un “polizón” a bordo. Un pobre abuelete se ha colado sin billete. El capitán mira en la lista y no aparece. Al poco retrocedemos al puerto y lo bajan sin contemplaciones.

Selva, agua, más selva, algunas chozas aisladas. Nos dan el almuerzo. Una fiambrera con arroz. Frijoles y un pescado rebozado junto con un vaso de “Inka Cola”. Voy a mear, el espacio es mínimo y me vuelvo a sentar.

Amazonas agua arriba

La tarde va cayendo cuando avistamos las primeras casas de Iquitos, han sido casi trece horas si apenas moverme, en donde hemos cubierto 500 kms. sobre el río más caudaloso de la Tierra. Es la mejor forma para hacer este viaje, sentir que formas parte del barco, casi una máquina más, sentir que formas parte del río, dejarte llevar, sumergirte en el sopor del trópico, en caso contrario te vuelves loco.

El puerto es un bullicio de gentes de un lado para otro, suenan músicas y ritmos sensuales y el ruido y los olores invaden el paisaje. Al poco nos tomamos una fría cerveza Iquiteña en la terraza del bar de Fierro, en la Plaza de Armas, sus paredes encierran historias de la selva, de truhanes, aventureros, buscadores, soñadores y malandrines. La plaza presentaba aquella tarde una alegre apariencia, alumbrada por farolas de luz tibia.

Río Amazonas. Travesía Leticia – Iquitos. Colombia/Perú. Diciembre 2010.
Faustino Rodriguez Quintanilla. © Texto y fotos.