24 jun

PUERTAS DEL ATLAS

Siempre me han llamado la atención las puertas de algunas de las casas de las villas y pueblos del Atlas. Son cientos las duares y aldeas que se reparten por la cordillera Atlante. Pueblecillos y villorrios pegados al terruño, algunos de ellos muy pequeños, apenas cuatro casas pertenecientes a varias familias. Otros, de mayor tamaño presididos por la torre de la mezquita o por el Ksar medieval, castillo de reminiscencias feudales que tenían como función defender el territorio y servir de almacenamiento del preciado grano en épocas convulsas. Al mismo tiempo, siempre, también me llamó poderosamente la atención la extraordinaria austeridad de estos pueblos y de sus casas. Apenas una mínima concesión al refinamiento, las casas, extremadamente austeras, tanto en el exterior como en el interior, con muy pocas concesiones incluso a un mínimo confort. Las construcciones de adobe son por lo general de una o a lo sumo dos plantas. Algunas, las más grandes, disponen sus habitaciones alrededor de un pequeño patio que sirve para el trasiego de personas y animales, secar la cosecha o sentarse al sol. Las habitaciones, con pocas ventanas y oscuras por lo general son sumamente espartanas. Una cocina, general mente con un horno situado en el mismo suelo, sin poyetes y en los últimos años alguna bombona de gas butano. Algunos utensilios para cocinar, la consabida tetera, una olla para el cuscus y una bandeja redonda para servir, poco más. Junto a la cocina, algún cuarto con alfombras en el suelo hace de dormitorio, a veces de la pared cuelga una foto con la imagen de “La Meca” y en ocasiones algún calendario con la foto de un paisaje “alpino”. A su lado una sala un poco más amplia, también con el suelo cubierto por alfombras y en algunos casos con divanes o cojines que se disponen alrededor. Lugar que sirve de sala de estar e incluso también dormitorio y en muchos casos como habitación de “invitados” cuando llega gente como yo.
Por ello, por la escasa concesión al refinamiento que la mayoría de los bereberes han dado tradicionalmente a sus moradas, siempre me llamaron la atención muchas de las puertas de las casas; algunas por supuesto muy austeras, como podéis ver en las fotos, pero otras, fabricadas tanto en materiales como madera o en otros metálicos y más modernos, las han decorado poniendo un poco de color al ocre de la villas. Aquí tenéis una pequeña selección de fotos que he venido realizando en mi deambular a pie por estos pueblos, acogedores por lo general e íntimamente unidos a mi existencia.
Faustino Rodríguez Quintanilla © Texto y fotos.

16 jun

LA BÚSQUEDA DE LA BELLEZA…

Hace unos días una amiga me recordaba en su muro de facebook unas hermosas palabras de Ramon Trecet: “La búsqueda de la belleza es lo único que merece la pena en este asqueroso mundo”. Así comenzaba este periodista de su programa en “Diálogos 3″. Piensen hermoso, yo lo intento y lo busco. Aquí tenéis algunas mis fotos, siquiera espero que un leve bálsamo en unos días de pesadez nacional…

 

13 jun

La granja de “Piraricús”. Locos y soñadores en el Amazonas.

Navegamos río de arriba de la cabaña Sacambú. La selva, siempre la selva. Largas orillas vestidas de verde bajo un cielo cambiante y poderosamente hermoso. Grandes nubes algodonosas que escalan hacia el azul. Algo te dice en tu interior que detrás de aquélla curva del río va a aparecer algo diferente, una ciudad, un pueblo, quizás un puertecillo…, pero llegamos y aparece a lo lejos otra curva más, selva y más selva, árboles musculosos y gigantes como titanes, lagunas escondidas y una maraña que parece querer engullirte. Joel, nuestro guía, nos lleva hoy a conocer una curiosa experiencia. Un tipo peruano lleva más de 20 años establecido en este lugar perdido y desde hace seis está trabajando en la cría en cautividad del Piraricú. Se trata de uno de los peces con escamas más grandes del mundo. Habita en los ríos tropicales y amazónicos de Colombia, Brasil y Perú, en donde se han llegado a encontrar ejemplares de hasta 12 metros de longitud. Su valiosa y sabrosa carne, su cabeza, escamas y piel son altamente demandadas por lo que el Piraricú está en grave peligro de extinción. Pues bien, nuestro hombre ha ideado una especie de “vivero” para poner en práctica su proyecto de cría y reproducción. Pero, como hemos dicho, el Piraricú no es una trucha o una lubina. Aunque ahora no es fácil encontrar ejemplares de 12 metros, sí se pescan animales entre los 2 y los 5 metros. –“Esta es una labor dura y de paciencia”, nos dice Arturo. –“Llevo 6 años invirtiendo en personal, mallas, comida. Con un poco de suerte el año que viene pondrán los primeros huevos, a razón de unas dos mil unidades. Los alevines que prosperen los podré vender en el Perú al mercado japonés, a razón de 20 $ el ejemplar. De esta forma estoy colaborando con la madre naturaleza y al tiempo sacaré mis ganancias”. Por 15.000 pesos colombianos, Arturo nos enseñó la “piscina” donde chapoteaban algunos ejemplares. Un joven se lanzó sin miramientos para intentar enseñarnos un ejemplar que se retorcía con fuerza, luciendo sus más de 25 kg. El Piraricú, puede estar hasta una hora fuera del agua ya que está provisto de un pulmón y parece más bien un animal prehistórico. –“Esta es mi vida señores, gracias a Dios ustedes son españoles y el Altísimo nos ha dado una lengua para que podamos comunicarnos ampliamente”. Arturo luce una cruz de madera en el pecho, una modesta cruz de madera negra. -¿qué edad tienes Arturo? – le pregunto. – “53 años señor, ya soy mayor”. Pero, pareces mucho más joven, – le comento. –“Es el fruto de una vida ordenada y sin alcohol, sin juergas y sólo de trabajo. Tengo 9 hijos y 22 nietos. Mis hijos se llaman Jacob, Josué, Abraham, Noé, David, Jericó, Josue, Aaron y la pequeña Delfina”; “¿no escuchan ustedes una cadena de radio norteamericana en la EJK 240?. –Pues no señor, le comento. –“Pues deben escucharla, es muy interesante lo que dicen”. –Y, qué dicen, Arturo. Volví a preguntar. “El señor Jonson Walter, habla bien, muy en serio y con muchos argumentos. Y está diciendo que el próximo 21 de mayo de 2011 será la fecha de la conversión final de los últimos cristianos y el 21 de octubre el mundo arderá y todo se acabará”. – Y, de qué forma dice el señor Jonson que se va a acabar el mundo, le pregunté, intentando ser lo más respetuoso que podía. –Señor Faustino, me comentó con tono solemne; -“todo arderá de súbito, puramente de súbito todo saldrá ardiendo”. – ¿Qué le parece, señor Arturo, si va soltando sus Piraricús?, -le comenté ante la mirada socarrona de Joel. Al poco, nos despedimos de Arturo y de sus retahílas. –“La política lo vuelve loco, me dijo Joel al marcharnos, pura política, señor Faustino, y la selva lo embolaca”. Dejamos la granja de Arturo y sus “piscinas” de Piraricús. A un lado una mínima iglesia se levantaba en trocito de terreno ganado a la selva. Volvimos a nuestro río y el sol del medio día si parecía realmente fuego sobre la jungla musculosa. La selva, siempre la selva, permanecía igual, acogiendo desde siempre a todo tipo de personajes, aventureros y estraperlistas, narcos, guerrilleros, locos y soñadores, turistas y clérigos majaretas. La tarde caía plácidamente cuando arribamos de nuevo a la cabaña Sacambú, mientras el cielo estallaba en mil colores.
Amazonas. Territorio de la Triple Frontera: Colombia, Brasil y Perú. Noviembre 2010.
Texto y fotos: © Faustino Rodriguez Quintanilla.

24 oct

EL SUEÑO DE LAS CIMAS. CUMBRE DEL BISAURIN. PIRINEO DE HUESCA.

Cuando preguntaron a Edmund Hillary, el primer hombre, junto con el Sherpa Tenzing Norgay, que alcanzó la cima del Everest; ¿por qué subió usted al Everest?- el afamado alpinista contestó, quizás probablemente cansado de tan prolijas averiguaciones, – “pues, porque está ahí”.

A nosotros, los que tenemos esa manía de subir montañas nos preguntan demasiado a menudo lo mismo. Y, si alguno de vosotros está pensando en preguntar yo, modestamente, añadiría, “mira, mira esa foto, por eso subimos montañas”.
Ese “paseo por las nubes” lo hicimos hace varios inviernos. Estando en la cima del Bisaurín, un pico atalaya excepcional sobre el Pirineo, apareció emergiendo al final de la arista somital un montañero que, como nosotros, estaba disfrutando de la ascensión. Su diminuta figura se recortó sobre los abismos y le dio toda su grandeza al paisaje sobre la cadena axial. Aunque mis dedos estaban agarrotados por el frío, el termómetro marcaba en ese momento once grados bajo cero, pude disparar en el instante preciso. Al fin y al cabo, ¿no es eso la fotografía? (Diciembre de 2010, Bisaurín, Pirineo de Huesca)

Faustino Rodriguez Quintanilla (C) Texto y foto.

 

21 oct

HUYANA POTOSI, LA MONTAÑA DE CRISTAL.

Toda la noche ha rugido el viento y ha estado nevando. A la una de la madrugada nos llama Evaristo, nuestro guía de alta montaña. Evaristo, de rasgos inequívocamente andinos, pertenece a una raza de jóvenes andinistas bolivianos que han aprendido las técnicas de montaña en las recién creadas escuelas de andinismo. Gente dura que se gana la vida con gente como nosotros, guiándonos a través de un laberinto de glaciares hacia los seis mil metros de altura. Evaristo parece un pragmático, no da muchas concesiones al refinamiento y creo que le da igual si la montaña es hermosa, salvaje, dramática o acogedora, está con nosotros para ganar dinero, lo cual no es reprochable.

El refugio, a esta hora, es un ajetreo de gente somnolienta manejando cuerdas, arneses, crampones…. Apenas sorbo un poco de café y salgo al exterior. Hace frío, mucho frío y sopla su aliado el viento, está nublado y nieva. –Evaristo, ¿crees que mejorará?. Nos ponemos los crampones, se me enfrían las manos, me vuelvo a preguntar ¡qué hago aquí!. Pienso, mejor no pienso, me dejo llevar, me falta poco para renunciar y volver al saco calentito, a la plácida calidez de mi jergón en el hosco pero ahora acogedor y amable refugio. Voy para adelante, como muchas decisiones en la vida en el llano, tienes apenas unos segundos para decidir si continuas o no hacia adelante. Las cordadas que nos preceden están ya muy altas, parecen luciérnagas revoloteando en la oscuridad. Las nubes comienzan a rasgarse, aparecen estrellas, miles de estrellas, la Cruz del Sur…

Poco a poco el alba comienza a iluminar la montaña, parece un hermoso cristal resplandeciente, las manos se me hielan, se calientan, se vuelven a helar…amanece, ¡qué alegría de sol, alcanzamos la antecima a seis mil metros, estoy emocionado. Oleajes de montañas dan profundidad al paisaje hacia la selva misteriosa. El glaciar parece un pastel cremoso con la luz de los primeros rayos, atravesamos grietas profundas y oscuras como el averno…, el calor se adueña del glaciar y nos hundimos en la bajada…, llegamos exhaustos al refugio.
Huyana Potosí. Andes de Bolivia. 2012
Faustino Rodriguez Quintanilla (C) Texto y foto.

 

15 oct

NAVEGANDO POR EL SAHARA.

Algún lugar en el “Plateau” o Meseta de Tademait. Ruta Transhariana. Argelia.

1986, éramos muy jóvenes y teníamos todo el tiempo del mundo y un mundo por descubrir. Nuestro “R-4”, el famoso “cuatro latas” atravesaba libre entre los mares de dunas y las vastas mesetas calcinadas, las solitarias “hammadas” y los grandes “platós” como el de Tademait, miles de kilómetros cuadrados de arenas y vacíos absolutos.

No había GPS ni se le esperaba ni ningún artilugio “vía satélite”, tampoco existía “Google Maps” ni invento remotamente parecido. Un viejo mapa “Michelín” y una anticuada “Guía Práctica del Sahara” eran nuestra única documentación. Como clara y vital referencia de “estar en la ruta” teníamos que seguir el rastro de antiguos bidones de gasoil estratégicamente colocados cada diez kilómetros a modo de balizas y con la inscripción “TAM”, esto es, Tammanrasset, el mítico oasis hacia donde nos dirigíamos, un cruce de caminos en las rutas hacia África Negra. Despistarte y perder el seguimiento de estas “balizas” podría suponer perderse en estos mares… . Fueron días de extrema soledad, de cielos azules y estrellados y de noches sin luz, de risas, de hambrunas y de vino “tetra brick”, fueron días de suprema libertad.

Faustino Rodriguez Quintanilla © Texto y Foto.

 

 

18 sep

FÚTBOL EN LA SELVA. ALDEA DE “MACHETE PELAO”, SANTA MARTA, COLOMBIA.

El bochorno y fragor de los trópicos nos dio la bienvenida cuando llegamos a Santa Marta, la caribeña y cadenciosa ciudad colombiana. Habíamos llegado hasta aquí para emprender unos días más tarde uno de los recorridos más impresionantes que se puedan hacer en la Tierra: el trek expedición a la “Ciudad Perdida”. Pocas cosas resultan más misteriosas que el descubrimiento de una antigua ciudad abandonada y si ese lugar está envuelto entre brumas y nieblas casi permanentes a la vez que es necesario atravesar innumerables ríos y selvas oscuras hasta llegar, entonces, la emoción está garantizada y comprenderemos por qué la Ciudad Perdida ha hecho honor a ese calificativo durante cuatro siglos.

Antes de emprender nuestra marcha a pie estuvimos dando muchos botes en el interior de un desvencijado “jeep” llamado “el torito” hasta llegar a la pequeña aldea que se conoce con el curioso nombre de “Machete Pelao”, cuatro casas envueltas entre selvas y cultivos tropicales. Aquí, lejos de cualquier parte y sin darles importancia a nuestra presencia, unos mozalbetes se entregaban al juego más popular. Poco tiempo antes de nuestra llegada estas aldeas y estas selvas habían sido guarida de guerrilleros, de paramilitares, de cocaleros, de pendencieros y de traficantes de todo tipo. Un lugar donde la vida no vale nada. Hoy, juegan al fútbol, entre risas y algarabía, esperemos que sea por mucho tiempo.


Cordillera de Sierra Nevada de Santa Marta. Colombia 2010
Faustino Rodríguez Quintanilla (C) Texto y foto.

13 sep

AMANECE EN LA BAHÍA DE SAMANÁ. MAR CARIBE, REPÚBLICA DOMINICANA.

Habíamos pasado la noche en una “mínima” pensión de la pequeña aldea costera de la Sabana La Mar, junto al Parque Nacional de los Haitises. Este Parque comprende un amplio territorio costero de gran biodiversidad, manglares y ciénagas, montañas y selvas, playas, cuevas y ríos que bajan directamente al mar. Una imagen lejana de la que normalmente nos llega a través de los folletos turísticos de promoción de la República Dominicana.

Compartíamos una habitación donde el principal “lujo” era una mosquitera sobre la que se paseaban algunos elementos alados y una mesita de noche con una vela. Me apresuré a salir al fresco de la mañana, ese fresquito vital que hay que aprovechar siempre que viajamos a los trópicos. El mar presentaba una extraordinaria quietud mientras los pescadores salían a faenar. Al fondo se recortaban unos poderosos y hermosísimos “cúmulos nimbus” procedentes de nubes ciclónicas y entre ellas el sol tamizado por las mismas aparecía dulce y relajante produciendo un estallido de colores. La temporada de ciclones estaba comenzando pero en este momento nada hacía presagiar que no lejos de allí, al otro lado de este mar histórico y aventurero se estaba fraguando uno de los ciclones más destructivos de los últimos años: el huracán “Katrina”, que ese mismo día descargaría toda su fuerza sobre amplias zonas del Golfo de Méjico y de las costas de Nueva Orleans.

Faustino Rodríguez Quintanilla (C) Texto y Foto. Bahía Samaná, Agosto 2005.

6 sep

MORITO DEL DRAA. KASBAH DE TINSOULINE, SUR DE MARRUECOS

Ibrahim vive con su familia en la Kasbah de Tinsouline, en el valle del Draá, en el profundo sur de Marruecos. El río Draá nace en las montañas del Atlas y se dirige hacia el sur en un viaje suicida pues viene a morir en los arenales sedientos de la Hammada de Guir. Antes, en su camino hacia el sur, forma uno de los mayores oasis del Sahara. Cientos de miles de palmeras forman una gran alfombra verde sobre las tierras calcinadas. A la sombra del palmeral crecen árboles frutales, higueras, tamarindos, naranjos, limoneros, huertos con acequias que riegan trigales, cebada, hortalizas…, formando un pequeño paraíso donde es posible la vida.

Este valle ha sido históricamente un “pasillo” para las caravanas que unían el norte de África y las dos orillas del Mediterráneo con África Negra, con las tierras del Sahel y los pueblos de la “curva del Níger” uniendo desde tiempos remotos ciudades como Granada, Córdoba, Fez o Marrakech con la mítica Tombuctú, en Mali.

A lo largo de este valle se erigen grandes y hermosas construcciones fieles testigos de otras épocas. “Ksars” y “Kasbash”, castillos y poblados amurallados. Estas edificaciones están construidas con la técnica llamada de la “piedra seca”, con murallas de adobe y barro rojo y dependiendo de la tribu y reyezuelo o jeque que las habitaban se adornaban con más o menos filigranas decorativas y objetos suntuosos. Aquí, en los frescos patios descansaban las caravanas, se proveían para seguir la ruta y se intercambiaban productos. También, en tiempos de guerra, eran lugares de atrincheramiento y depósitos del preciado grano y alimentos. Estas Kasbash son un Patrimonio único y excepcional. Algunas están siendo milagrosamente restauradas y otras muchas, ya abandonadas están condenadas a desaparecer. Atravesar por las grandes puertas de madera y penetrar en su interior es una experiencia sublime. Numerosos y oscuros pasillos conectan diferentes dependencias alrededor de un patio donde la luz entra tamizada y suave. Los grandes muros y la oscuridad sirven para protegerse de los feroces rayos de sol y guardan el frescor del invierno y de la noche. De los torreones salen vencejos y golondrinas que allí pasan temporadas y el humo de las cocinas, de las brasas o del hamman forma una atmósfera irreal y relajante.

Ibrahim vive con su familia en la Kasbah de Tinsouline y forma parte de las grandes familias que aún viven en estos edificios. Ellos son protagonistas de un mundo que se va, como Ibrahim, uno de los pocos moritos que viste la “Chilaba”, la tradicional, elegante y respetable prenda común del norte de África. Una vestimenta que está lejos de las muy a menudo mugrientas ropas pseudo occidentales y de dudoso gusto con las que se visten la mayoría de sus vecinos, una forma más de esa extraña “globalización” a la que el mundo está sometido.

Valle del Draá 2006. Marruecos
Faustino Rodriguez Quintanilla (C) Texto y foto.

17 jun

DEL RIF AL MEDITERRANEO. De los cedros al Parque Nacional Alhucemas.

Acabamos de regresar de un nuevo periplo por Marruecos. Esta vez con nuestros amigos del GRUPO DE MONTAÑA AZIMUT, de Granada.

Un recorrido en el que hemos recorrido los bosques de cedros de Ketama, ascendido a la máxima altura del Rif: el Djebel Tidighine para después “explorar” el recién creado Parque Nacional de Alhucemas, la costa Mediterránea en todo su esplendor, acantilados, senderos sobre el mar, calas perdidas, vegetación relicta, pequeñas cábilas y douares junto al encanto de la villa de Alhucemas, pura esencia mediterránea…

(Fotos: Faustino Rodriguez)