13 jun

La granja de “Piraricús”. Locos y soñadores en el Amazonas.

Navegamos río de arriba de la cabaña Sacambú. La selva, siempre la selva. Largas orillas vestidas de verde bajo un cielo cambiante y poderosamente hermoso. Grandes nubes algodonosas que escalan hacia el azul. Algo te dice en tu interior que detrás de aquélla curva del río va a aparecer algo diferente, una ciudad, un pueblo, quizás un puertecillo…, pero llegamos y aparece a lo lejos otra curva más, selva y más selva, árboles musculosos y gigantes como titanes, lagunas escondidas y una maraña que parece querer engullirte. Joel, nuestro guía, nos lleva hoy a conocer una curiosa experiencia. Un tipo peruano lleva más de 20 años establecido en este lugar perdido y desde hace seis está trabajando en la cría en cautividad del Piraricú. Se trata de uno de los peces con escamas más grandes del mundo. Habita en los ríos tropicales y amazónicos de Colombia, Brasil y Perú, en donde se han llegado a encontrar ejemplares de hasta 12 metros de longitud. Su valiosa y sabrosa carne, su cabeza, escamas y piel son altamente demandadas por lo que el Piraricú está en grave peligro de extinción. Pues bien, nuestro hombre ha ideado una especie de “vivero” para poner en práctica su proyecto de cría y reproducción. Pero, como hemos dicho, el Piraricú no es una trucha o una lubina. Aunque ahora no es fácil encontrar ejemplares de 12 metros, sí se pescan animales entre los 2 y los 5 metros. –“Esta es una labor dura y de paciencia”, nos dice Arturo. –“Llevo 6 años invirtiendo en personal, mallas, comida. Con un poco de suerte el año que viene pondrán los primeros huevos, a razón de unas dos mil unidades. Los alevines que prosperen los podré vender en el Perú al mercado japonés, a razón de 20 $ el ejemplar. De esta forma estoy colaborando con la madre naturaleza y al tiempo sacaré mis ganancias”. Por 15.000 pesos colombianos, Arturo nos enseñó la “piscina” donde chapoteaban algunos ejemplares. Un joven se lanzó sin miramientos para intentar enseñarnos un ejemplar que se retorcía con fuerza, luciendo sus más de 25 kg. El Piraricú, puede estar hasta una hora fuera del agua ya que está provisto de un pulmón y parece más bien un animal prehistórico. –“Esta es mi vida señores, gracias a Dios ustedes son españoles y el Altísimo nos ha dado una lengua para que podamos comunicarnos ampliamente”. Arturo luce una cruz de madera en el pecho, una modesta cruz de madera negra. -¿qué edad tienes Arturo? – le pregunto. – “53 años señor, ya soy mayor”. Pero, pareces mucho más joven, – le comento. –“Es el fruto de una vida ordenada y sin alcohol, sin juergas y sólo de trabajo. Tengo 9 hijos y 22 nietos. Mis hijos se llaman Jacob, Josué, Abraham, Noé, David, Jericó, Josue, Aaron y la pequeña Delfina”; “¿no escuchan ustedes una cadena de radio norteamericana en la EJK 240?. –Pues no señor, le comento. –“Pues deben escucharla, es muy interesante lo que dicen”. –Y, qué dicen, Arturo. Volví a preguntar. “El señor Jonson Walter, habla bien, muy en serio y con muchos argumentos. Y está diciendo que el próximo 21 de mayo de 2011 será la fecha de la conversión final de los últimos cristianos y el 21 de octubre el mundo arderá y todo se acabará”. – Y, de qué forma dice el señor Jonson que se va a acabar el mundo, le pregunté, intentando ser lo más respetuoso que podía. –Señor Faustino, me comentó con tono solemne; -“todo arderá de súbito, puramente de súbito todo saldrá ardiendo”. – ¿Qué le parece, señor Arturo, si va soltando sus Piraricús?, -le comenté ante la mirada socarrona de Joel. Al poco, nos despedimos de Arturo y de sus retahílas. –“La política lo vuelve loco, me dijo Joel al marcharnos, pura política, señor Faustino, y la selva lo embolaca”. Dejamos la granja de Arturo y sus “piscinas” de Piraricús. A un lado una mínima iglesia se levantaba en trocito de terreno ganado a la selva. Volvimos a nuestro río y el sol del medio día si parecía realmente fuego sobre la jungla musculosa. La selva, siempre la selva, permanecía igual, acogiendo desde siempre a todo tipo de personajes, aventureros y estraperlistas, narcos, guerrilleros, locos y soñadores, turistas y clérigos majaretas. La tarde caía plácidamente cuando arribamos de nuevo a la cabaña Sacambú, mientras el cielo estallaba en mil colores.
Amazonas. Territorio de la Triple Frontera: Colombia, Brasil y Perú. Noviembre 2010.
Texto y fotos: © Faustino Rodriguez Quintanilla.

24 oct

EL SUEÑO DE LAS CIMAS. CUMBRE DEL BISAURIN. PIRINEO DE HUESCA.

Cuando preguntaron a Edmund Hillary, el primer hombre, junto con el Sherpa Tenzing Norgay, que alcanzó la cima del Everest; ¿por qué subió usted al Everest?- el afamado alpinista contestó, quizás probablemente cansado de tan prolijas averiguaciones, – “pues, porque está ahí”.

A nosotros, los que tenemos esa manía de subir montañas nos preguntan demasiado a menudo lo mismo. Y, si alguno de vosotros está pensando en preguntar yo, modestamente, añadiría, “mira, mira esa foto, por eso subimos montañas”.
Ese “paseo por las nubes” lo hicimos hace varios inviernos. Estando en la cima del Bisaurín, un pico atalaya excepcional sobre el Pirineo, apareció emergiendo al final de la arista somital un montañero que, como nosotros, estaba disfrutando de la ascensión. Su diminuta figura se recortó sobre los abismos y le dio toda su grandeza al paisaje sobre la cadena axial. Aunque mis dedos estaban agarrotados por el frío, el termómetro marcaba en ese momento once grados bajo cero, pude disparar en el instante preciso. Al fin y al cabo, ¿no es eso la fotografía? (Diciembre de 2010, Bisaurín, Pirineo de Huesca)

Faustino Rodriguez Quintanilla (C) Texto y foto.

 

21 oct

HUYANA POTOSI, LA MONTAÑA DE CRISTAL.

Toda la noche ha rugido el viento y ha estado nevando. A la una de la madrugada nos llama Evaristo, nuestro guía de alta montaña. Evaristo, de rasgos inequívocamente andinos, pertenece a una raza de jóvenes andinistas bolivianos que han aprendido las técnicas de montaña en las recién creadas escuelas de andinismo. Gente dura que se gana la vida con gente como nosotros, guiándonos a través de un laberinto de glaciares hacia los seis mil metros de altura. Evaristo parece un pragmático, no da muchas concesiones al refinamiento y creo que le da igual si la montaña es hermosa, salvaje, dramática o acogedora, está con nosotros para ganar dinero, lo cual no es reprochable.

El refugio, a esta hora, es un ajetreo de gente somnolienta manejando cuerdas, arneses, crampones…. Apenas sorbo un poco de café y salgo al exterior. Hace frío, mucho frío y sopla su aliado el viento, está nublado y nieva. –Evaristo, ¿crees que mejorará?. Nos ponemos los crampones, se me enfrían las manos, me vuelvo a preguntar ¡qué hago aquí!. Pienso, mejor no pienso, me dejo llevar, me falta poco para renunciar y volver al saco calentito, a la plácida calidez de mi jergón en el hosco pero ahora acogedor y amable refugio. Voy para adelante, como muchas decisiones en la vida en el llano, tienes apenas unos segundos para decidir si continuas o no hacia adelante. Las cordadas que nos preceden están ya muy altas, parecen luciérnagas revoloteando en la oscuridad. Las nubes comienzan a rasgarse, aparecen estrellas, miles de estrellas, la Cruz del Sur…

Poco a poco el alba comienza a iluminar la montaña, parece un hermoso cristal resplandeciente, las manos se me hielan, se calientan, se vuelven a helar…amanece, ¡qué alegría de sol, alcanzamos la antecima a seis mil metros, estoy emocionado. Oleajes de montañas dan profundidad al paisaje hacia la selva misteriosa. El glaciar parece un pastel cremoso con la luz de los primeros rayos, atravesamos grietas profundas y oscuras como el averno…, el calor se adueña del glaciar y nos hundimos en la bajada…, llegamos exhaustos al refugio.
Huyana Potosí. Andes de Bolivia. 2012
Faustino Rodriguez Quintanilla (C) Texto y foto.

 

15 oct

NAVEGANDO POR EL SAHARA.

Algún lugar en el “Plateau” o Meseta de Tademait. Ruta Transhariana. Argelia.

1986, éramos muy jóvenes y teníamos todo el tiempo del mundo y un mundo por descubrir. Nuestro “R-4”, el famoso “cuatro latas” atravesaba libre entre los mares de dunas y las vastas mesetas calcinadas, las solitarias “hammadas” y los grandes “platós” como el de Tademait, miles de kilómetros cuadrados de arenas y vacíos absolutos.

No había GPS ni se le esperaba ni ningún artilugio “vía satélite”, tampoco existía “Google Maps” ni invento remotamente parecido. Un viejo mapa “Michelín” y una anticuada “Guía Práctica del Sahara” eran nuestra única documentación. Como clara y vital referencia de “estar en la ruta” teníamos que seguir el rastro de antiguos bidones de gasoil estratégicamente colocados cada diez kilómetros a modo de balizas y con la inscripción “TAM”, esto es, Tammanrasset, el mítico oasis hacia donde nos dirigíamos, un cruce de caminos en las rutas hacia África Negra. Despistarte y perder el seguimiento de estas “balizas” podría suponer perderse en estos mares… . Fueron días de extrema soledad, de cielos azules y estrellados y de noches sin luz, de risas, de hambrunas y de vino “tetra brick”, fueron días de suprema libertad.

Faustino Rodriguez Quintanilla © Texto y Foto.

 

 

18 sep

FÚTBOL EN LA SELVA. ALDEA DE “MACHETE PELAO”, SANTA MARTA, COLOMBIA.

El bochorno y fragor de los trópicos nos dio la bienvenida cuando llegamos a Santa Marta, la caribeña y cadenciosa ciudad colombiana. Habíamos llegado hasta aquí para emprender unos días más tarde uno de los recorridos más impresionantes que se puedan hacer en la Tierra: el trek expedición a la “Ciudad Perdida”. Pocas cosas resultan más misteriosas que el descubrimiento de una antigua ciudad abandonada y si ese lugar está envuelto entre brumas y nieblas casi permanentes a la vez que es necesario atravesar innumerables ríos y selvas oscuras hasta llegar, entonces, la emoción está garantizada y comprenderemos por qué la Ciudad Perdida ha hecho honor a ese calificativo durante cuatro siglos.

Antes de emprender nuestra marcha a pie estuvimos dando muchos botes en el interior de un desvencijado “jeep” llamado “el torito” hasta llegar a la pequeña aldea que se conoce con el curioso nombre de “Machete Pelao”, cuatro casas envueltas entre selvas y cultivos tropicales. Aquí, lejos de cualquier parte y sin darles importancia a nuestra presencia, unos mozalbetes se entregaban al juego más popular. Poco tiempo antes de nuestra llegada estas aldeas y estas selvas habían sido guarida de guerrilleros, de paramilitares, de cocaleros, de pendencieros y de traficantes de todo tipo. Un lugar donde la vida no vale nada. Hoy, juegan al fútbol, entre risas y algarabía, esperemos que sea por mucho tiempo.


Cordillera de Sierra Nevada de Santa Marta. Colombia 2010
Faustino Rodríguez Quintanilla (C) Texto y foto.

13 sep

AMANECE EN LA BAHÍA DE SAMANÁ. MAR CARIBE, REPÚBLICA DOMINICANA.

Habíamos pasado la noche en una “mínima” pensión de la pequeña aldea costera de la Sabana La Mar, junto al Parque Nacional de los Haitises. Este Parque comprende un amplio territorio costero de gran biodiversidad, manglares y ciénagas, montañas y selvas, playas, cuevas y ríos que bajan directamente al mar. Una imagen lejana de la que normalmente nos llega a través de los folletos turísticos de promoción de la República Dominicana.

Compartíamos una habitación donde el principal “lujo” era una mosquitera sobre la que se paseaban algunos elementos alados y una mesita de noche con una vela. Me apresuré a salir al fresco de la mañana, ese fresquito vital que hay que aprovechar siempre que viajamos a los trópicos. El mar presentaba una extraordinaria quietud mientras los pescadores salían a faenar. Al fondo se recortaban unos poderosos y hermosísimos “cúmulos nimbus” procedentes de nubes ciclónicas y entre ellas el sol tamizado por las mismas aparecía dulce y relajante produciendo un estallido de colores. La temporada de ciclones estaba comenzando pero en este momento nada hacía presagiar que no lejos de allí, al otro lado de este mar histórico y aventurero se estaba fraguando uno de los ciclones más destructivos de los últimos años: el huracán “Katrina”, que ese mismo día descargaría toda su fuerza sobre amplias zonas del Golfo de Méjico y de las costas de Nueva Orleans.

Faustino Rodríguez Quintanilla (C) Texto y Foto. Bahía Samaná, Agosto 2005.

6 sep

MORITO DEL DRAA. KASBAH DE TINSOULINE, SUR DE MARRUECOS

Ibrahim vive con su familia en la Kasbah de Tinsouline, en el valle del Draá, en el profundo sur de Marruecos. El río Draá nace en las montañas del Atlas y se dirige hacia el sur en un viaje suicida pues viene a morir en los arenales sedientos de la Hammada de Guir. Antes, en su camino hacia el sur, forma uno de los mayores oasis del Sahara. Cientos de miles de palmeras forman una gran alfombra verde sobre las tierras calcinadas. A la sombra del palmeral crecen árboles frutales, higueras, tamarindos, naranjos, limoneros, huertos con acequias que riegan trigales, cebada, hortalizas…, formando un pequeño paraíso donde es posible la vida.

Este valle ha sido históricamente un “pasillo” para las caravanas que unían el norte de África y las dos orillas del Mediterráneo con África Negra, con las tierras del Sahel y los pueblos de la “curva del Níger” uniendo desde tiempos remotos ciudades como Granada, Córdoba, Fez o Marrakech con la mítica Tombuctú, en Mali.

A lo largo de este valle se erigen grandes y hermosas construcciones fieles testigos de otras épocas. “Ksars” y “Kasbash”, castillos y poblados amurallados. Estas edificaciones están construidas con la técnica llamada de la “piedra seca”, con murallas de adobe y barro rojo y dependiendo de la tribu y reyezuelo o jeque que las habitaban se adornaban con más o menos filigranas decorativas y objetos suntuosos. Aquí, en los frescos patios descansaban las caravanas, se proveían para seguir la ruta y se intercambiaban productos. También, en tiempos de guerra, eran lugares de atrincheramiento y depósitos del preciado grano y alimentos. Estas Kasbash son un Patrimonio único y excepcional. Algunas están siendo milagrosamente restauradas y otras muchas, ya abandonadas están condenadas a desaparecer. Atravesar por las grandes puertas de madera y penetrar en su interior es una experiencia sublime. Numerosos y oscuros pasillos conectan diferentes dependencias alrededor de un patio donde la luz entra tamizada y suave. Los grandes muros y la oscuridad sirven para protegerse de los feroces rayos de sol y guardan el frescor del invierno y de la noche. De los torreones salen vencejos y golondrinas que allí pasan temporadas y el humo de las cocinas, de las brasas o del hamman forma una atmósfera irreal y relajante.

Ibrahim vive con su familia en la Kasbah de Tinsouline y forma parte de las grandes familias que aún viven en estos edificios. Ellos son protagonistas de un mundo que se va, como Ibrahim, uno de los pocos moritos que viste la “Chilaba”, la tradicional, elegante y respetable prenda común del norte de África. Una vestimenta que está lejos de las muy a menudo mugrientas ropas pseudo occidentales y de dudoso gusto con las que se visten la mayoría de sus vecinos, una forma más de esa extraña “globalización” a la que el mundo está sometido.

Valle del Draá 2006. Marruecos
Faustino Rodriguez Quintanilla (C) Texto y foto.

17 jun

DEL RIF AL MEDITERRANEO. De los cedros al Parque Nacional Alhucemas.

Acabamos de regresar de un nuevo periplo por Marruecos. Esta vez con nuestros amigos del GRUPO DE MONTAÑA AZIMUT, de Granada.

Un recorrido en el que hemos recorrido los bosques de cedros de Ketama, ascendido a la máxima altura del Rif: el Djebel Tidighine para después “explorar” el recién creado Parque Nacional de Alhucemas, la costa Mediterránea en todo su esplendor, acantilados, senderos sobre el mar, calas perdidas, vegetación relicta, pequeñas cábilas y douares junto al encanto de la villa de Alhucemas, pura esencia mediterránea…

(Fotos: Faustino Rodriguez)

 

27 may

EL VALLE DE THETHIS. Historias de la Albania profunda.

DIAS Y VIAJES…Abrimos una pequeña sección en donde vamos a contar nuestras “historias de andar y ver”, de “días y de viajes”. Pequeños relatos recogidos en nuestros Diarios de Viaje…, en nuestros viajes “de exploración” para la programación de ALVENTUS.

Ponemos rumbo a Theth, el escondido y remoto valle de Theth. Salimos de Shkodar por la carretera que se dirige a Montenegro. A la altura de Kkoplic nos desviamos por “intuición” ya que no encontramos señales hacia las montañas ni hacia la aldea a donde tenemos que llegar, la pequeña población de Boga. El paisaje es muy hermoso, campos de labor y pastizales, rodeados de sotobosque. El horizonte nos lo cierra un colosal farallón de montañas grises y verdes. Se trata de las montañas de Thetis, un ramal de la cordillera de los Balcanes. Apenas encontramos tráfico, pasamos por varias aldeas y por pequeños y solitarios cementerios cristianos, de seguro que en esta zona ahora hay más muertos que vivos. Por fin llegamos a Boga. Aquí termina la carretera asfaltada y comienza la pista de tierra que se dirige al valle de Thetis recorriendo 30 sinuosos kilómetros, atravesando el “Cafa e Terthores”, el “Paso Diagonal”,  puerto situado a 1.630 metros, para bajar al universo de Thetis. La autora Edith Durham visitó la zona en 1908 y escribía: “la vida en Thetis era fascinante, me olvidé del resto del mundo y… no se me ocurría ninguna razón para volver jamás”. Hoy no ha cambiado mucho, algunas casas están preparadas para recibir a viajeros y excursionistas y tienen duchas e inodoros al estilo occidental, hay un pequeñito café y una tiendecilla…y poco más. Esta parte de las montañas de Albania es católica mientras que al otro lado, en Tropoja, son musulmanes. La región es tan remota que los otomanos no se molestaron en llegar hasta aquí, por lo que los habitantes de Thetis no tuvieron que someterse al Islam. Aquí, los Balcanes se nos muestran en todo su esplendor. Es fácil comprender ahora el llamado “laberinto de los Balcanes”. Un laberinto que ha propiciado años de aislamiento, de enfrentamientos y de guerras entre pequeñas repúblicas aisladas en mínimas partes de territorio pero de muy complicado acceso, que ni el Imperio Austro Húngaro ni el Otomano fueron capaces de doblegar. Un conflicto que dura hasta nuestros días.

Nosotros, en nuestra “exploración” particular, hemos decidido llegar caminando a Tethis. Vamos disfrutando del valle en ligera subida, todo está verde y hermoso, aunque hace calor. Unos paisanos sonrientes que están sembrando papas nos saludan. -¿A dónde van?, nos preguntan chapurreando el italiano. – A Thetis, les decimos. –Pero, ¿Por qué caminan? – pasarán furgonetas, -¿Cuándo?, -preguntamos. –Quizás en una hora, o en dos…, o tal vez mañana.

La tarde está espléndida y disfrutamos, después de varias horas de caminata, bajo las sombras de las hayas cuando avistamos las primeras casas del “valle feliz”. En una de ella nos ofrecen café, el tradicional “café turco”, espeso y áspero. De un pequeño transistor surgen finas melodías orientales, la tradicional música albanesa; ritmos que nos transportan a mundos lejanos. Entonces, aquí, en este rincón perdido, de repente te sientes a gusto y te es difícil pensar que estás sobre un trozo de territorio en la vieja piel de Europa.

Faustino Rodriguez Quintanilla

(Texto y fotos)

26 feb

DJBEL AZOURKI

Un mirador sobre el Ait Bouguemez

Algunos le llaman el “Valle Feliz” y de seguro que James Hilton podría haber situado el escenario de su novela entre estas montañas en lugar del Himalaya, aquélla famosa obra que nos relatara la vida en el valle de Shangri La. Ait Bouguemez es el corazón del mundo bereber, un amplio valle aislado y encerrado bajo las montañas del Alto Atlas Central y a donde sólo se puede llegar a través de altos pasos de montaña. Hasta hace poco tiempo, apenas unos años, no tenían electricidad y las pistas y caminos de acceso eran muy limitados y de complicado paso. Numerosos pueblos jalonan este gran valle en donde predominan algunos torreones llamados Tighrent, pequeños castillos medievales en donde las tribus guardaban el grano y objetos preciados en tiempos convulsos. Este secular aislamiento ha propiciado que muchos pueblos mantengan su arquitectura popular íntegra y aún sus usos y costumbres, algo que esperamos conserven como auténticas señas de identidad, patrimonio cultural para poner en valor ante el auge del turismo que se avecina con la llegada del asfalto y de la electricidad.

Esta vez nos habíamos juntado una buena tropa, ocho amigos cansados de escuchar la palabra “crisis” y del pesimismo que se enarbola casi a diario en los medios de comunicación españoles… . Así que nos habíamos conseguido escapar por unos días en un gélido mes de Febrero. Pronto estábamos atravesando el Estrecho, disfrutando con el pescado de nuestro amigo Chez Zarkaoui de Asilah y rodando hacia el sur.  Al día siguiente, después de atravesar las llanuras cerealistas de Oued Zem y los huertos de Beni Mellal estábamos ascendiendo hacia Azilal y Ait Mehamed y ya de noche franqueábamos los altos puertos nevados del Tissi N´Tisiili, a casi 2.400 metros. A partir de aquí comenzamos una larga bajada a través de la noche oscura hacia la cabecera de nuestro valle. Tras algún despiste unas lucecitas lejanas y muy abajo nos indicaron la presencia de algunas primeras villas, de seguro que una de ellas era Ait Oumzli, en donde teníamos que encontrar nuestro alojamiento.

Pronto estábamos disfrutando de una excelente cena con harira, tajine de cordero, naranjas con canela y nuestro preciado vino y por supuesto las atenciones de Said, que iba a ser nuestro Guía en esta ocasión.

Hacia el lago de Izourar

La mañana amanece radiante, los tejados de las casas desprenden calor después de la helada y los rayos de sol comienzan a acariciar tímidamente los cultivos del valle. Un buen desayuno, hogaza de pan tradicional, aceite de oliva virgen, M´smen, el tradicional y exquisito “crepe”, un poco de tortilla, mermelada, té, café…qué más se puede pedir!!. Y estamos ya deseando salir al monte. Las mulas ya están cargadas y nuestra comitiva lista para partir, llega Mustafa a despedir a su padre Said, se trata de uno de sus pequeños, tiene 9!!. Pronto comenzamos la subida que en poco tiempo se empina considerablemente, Ait Oumzli, es el último pueblo del valle por el este y está situado al pie mismo del macizo del Azourki y del Djebel Ouaougoulzate. Como siempre se trata de un buen camino atlante y cómo tal sube sabiamente, dando grandes lazadas. Frente a nosotros vemos la amplia cara sur del Azourki, con la nieve muy alta. En el Atlas las diferencias de nieve entre el sur y el norte son tremendas y así, por el contrario y, frente al Azourki, vemos la cara norte del Ouaougoulzate totalmente reluciente de nieve.  Vamos ascendiendo a buen ritmo mientras veo como el “valle feliz” de Bouguemez va quedando atrás, un rosario de pequeños pueblos se apiñan en las laderas dejando la tierra fértil a los feraces huertos. Algunos almendros en flor ponen una nota de color en el paisaje y anuncian la primavera que se acerca. Al fondo, cerrando el paisaje veo el macizo del Djebel Ghat flotando entre la bruma. Las mulas nos alcanzan y van dando lazadas en busca de las alturas. Alcanzamos unos altos donde nos reciben una sabinas gigantes, centenarias, auténticos vigías de la historia de estos caminos. Una niñas bajan sonriendo y cantando, me dan la bienvenida y bromean con mi presencia, nada parece afectarles pese a que sus cuerpecitos se tuercen ante la tremenda carga que llevan. Tras un último repecho alcanzamos un altiplano donde ya encontramos bastante nieve. El paisaje es sensacional, encontramos el lago de Izourar y acaso comentamos que nos parece más una imagen de las grandes mesetas tibetanas, un lugar salvaje, muy hermoso. El tiempo está muy bueno, cielo azul, no hace frío y corre una ligera brisa que casi nos acaricia. Montamos el campamento al lado de lo que pretendió ser un refugio, a 2.540 metros. Construido en 1990 hoy presenta un estado lamentable si bien un pequeño porche nos vino muy bien para montar nuestra cocina. Nos vamos a dar un paseo, un grupo opta por dar la vuelta al lago y el otro por buscar las alturas del Ouaougoulzate. Nos encontramos en el típico “plateau” del Alto Atlas, rodado de montañas y con una salida hacia el valle en forma de inicio de garganta. En unos pocos meses estas alturas tendrán la visita  de los pastores y sus rebaños para disfrutar de los frescos pastizales de final de primavera y durante el verano estas montañas se llenaran de vida. Ahora reina el silencio y la quietud. Regresamos y tomamos café, también unos “roiboos” y nos entregamos a la tarde placentera, tomando el tibio sol de invierno con la mirada perdida sobre este lago atlante. A la caída del día las últimas luces llenan las montañas de tonos rosados, púrpuras y plateados… Unas lucecitas muy lejanas, que parecen luciérnagas, nos relajan de la inquietud, se trata de las lámparas frontales de nuestros amigos que bajan de la montaña y a los que se les había pasado la hora.

Azourki, la montaña sagrada

El Azourki, con sus 3.687 metros, es una hermosa montaña solitaria, su cresta se desarrolla unos doce kilómetros y forma varias cimas. Se distingue muy bien desde la lejanía porque se eleva solitario en la parte más oriental del Alto Atlas Central, en la frontera de la media y de la alta montaña. Algunos autores han coincidido que desde lejos parece un gran volcán, de lo cual damos fe pues eso nos pareció a Franky y a mí cuando hace varios años lo descubrimos desde la cima del Djebel Ghat y convenimos en que tendríamos que ascenderlo. La cara norte presenta un aspecto suave mientras que hacia el sur la montaña está defendida por una larga sucesión de paredes verticales que llegan a alcanzar en algunos puntos los doscientos metros. El Azourki es también una montaña sagrada para los pueblos de la zona. En la fiesta del Aid el Kebir, la llamada fiesta del cordero o fiesta del sacrificio, que conmemora aquélla ocasión  en la que el profeta Abraham -Ibrahim- estando a punto de sacrificar a su hijo por sometimiento a su Señor, recibió la orden de canjearlo por un cordero que se encontraba en las inmediaciones. En esto días o en días previos se organiza un peregrinaje en esta zona, quizás una forma de peregrinación que de alguna manera recuerde el precepto musulmán de peregrinar al menos una vez en la vida a la ciudad santa de La Meca.

 

La cena, “spaguetti al nero di seppia”, nos anima y nos quita un poco el tremendo frío que comienza a adueñarse de la montaña en estos momentos.

Las alturas del Azourki

Una fuerte helada cubre la tienda cuando nos preparamos para la ascensión. Poco a poco nos vamos poniendo en marcha. Seguimos a nuestro guía Said y nos dirigimos a la base sur de la montaña, los más de mil metros de desnivel lo vamos a encarar de inmediato, Said nos dibuja la ruta que discurre por la cara sur a través de fuertes pendientes y sorteando los torreones rocosos. Atravesamos el valle hacia un refugio de pastores situado en la misma base, en lo que en verano serán preciosos y verdes pastizales pero que ahora están cuajados de nieve. Pronto estamos subiendo y subiendo, vamos ganando altura dirigiéndonos hacia la punta más occidental de la montaña por donde ganaremos la arista somital rodeando los farallones rocosos. El día está estupendo, apenas hace viento, cielo azul cobalto. El lago de Izourar, de color chocolate, resalta entre el “merengue” en forma nieve que lo rodea y lo vemos ya muy abajo y frente a nosotros, desafiantes, la laderas relucientemente blancas del Djebel Oaouagoulzat forman un panorama soberbio. Descansamos, tomamos aliento y picamos algo, el esfuerzo está siendo considerable. Por fin, después de unas tres horas de dura ascensión alcanzamos la arista. Descansamos al abrigo de las rocas calentitas y protegidos ahora de un ligero pero frío aire de noroeste. Nos hidratamos bien y continuamos. La arista somital del Azourki festoneada de nieve nos parece mágica. Subimos ahora por la pendiente nevada dejando a nuestra derecha los abismos de la cara sur, se nota un poco la altura cuando alcanzamos la cima central de la montaña. Nos felicitamos, estamos contentos. El panorama es soberbio sobre las laderas nevadas que miran al norte. Hacia Ait Bouguemez todo un oleaje de montañas que culmina en el Djebel Ghat y hacia el sur el Mgoun, el “cuatro mil” del Atlas Central. ¡Cuántas montañas atlantes unidas a nuestra historia!. Hacia Bouguemez las brumas hacen que las montañas parezcan flotar mientras que el cielo adquiere tonalidades celestes y azules formando unos colores sublimes sobre lontananza, colores que inspiran beatitud ante nuestros ojos. ¡Joder!, cómo cuesta bajar de las alturas… pero hay que bajar, nos quedan 1.600 metros de descenso hasta nuestra Gite. Nos reencontramos con Said que nos espera al comienzo de la arista y bajamos casi derrapando por las pedreras. Llegamos al valle amable, las luces cálidas del atardecer destacan los cultivos en terrazas resaltando los suaves tonos verdes que indican  que la cosecha será buena este año. Qué gusto llegar al confort de la Gite cuando la noche fría se cierne sobre estos parajes ancestrales del Ait Bouguemez. Un montón de papas fritas, verduras y tajine de pollo son el premio a nuestro esfuerzo, eso, la amabilidad de nuestros anfitriones y las risas de nuestros amigos, ¡qué más se puede pedir!

TEXTO Y FOTOS

FAUSTINO M. RODROGUEZ QUINTANILLA